ESPECIAL NÚMERO 1.000

¿Quien tiene la información tiene el poder?

Por Ricardo Martínez Barros, abogado y autor de la sección Con la Ley en la mano

Ricardo Martínez Barros.

Explicaba Séneca a sus discípulos que “el lenguaje de la verdad debe ser simple y sin artificios”. No debió entenderlo así el que fuera su pupilo, Nerón, cuando “retorció” la verdad y acusó a los cristianos del incendio de Roma. Determinadas ‘verdades’ se construyen en los sótanos del poder con la argamasa de una información manipulada que posiblemente haya servido para acuñar el pensamiento que nos transmitió Thomas Hobbes en su Leviatan: “Quien tiene la información tiene el poder”. Pero no toda información que el ser humano pueda acumular es la información que precisa el gobernante para ejercer el poder sobre los súbditos. Por mucha cultura y datos que absorbamos de todas las bibliotecas y wikipedias universales difícilmente alcanzaremos el umbral de la información que utiliza el que ordena nuestras vidas y nuestras haciendas. 

El derecho a la información forma parte del derecho a la libertad de expresión: Derecho fundamental consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) –“buscar, recibir e impartir información e ideas a través de cualquier medio e independientemente de las fronteras”– y que, con mayor o menor acierto, se traspone en el artículo 20 d) de nuestra Constitución (1978)“Se reconoce y protege… el derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión…”-.

El derecho a la información pública exige de los Organismos Públicos tanto el deber proactivo (hacer pública la información clave sobre las actividades de los componentes de un gobierno) como la obligación reactiva (responder a las solicitudes de información que formulan los administrados). Pero realmente ¿quién es el dueño de la información? ¿la nube? ¿el Poder?… ¿Acaso no tenemos la tentación de intercambiar los términos del axioma ‘hobbiano’, para afirmar que “quien tiene el poder tiene la información”? Si es así, como temo que debe ser así, queda resuelto el enigma de los ‘medios de comunicación’. Son solamente ‘medios’, es decir, intermediarios o transmisores de la información que les proporciona el Poder, concebido este término en su más amplio contenido, no sólo en el ámbito político sino también en los otros ámbitos (económico, religioso…).

Para contentar a las masas y satisfacer las iniciativas partidistas, los Gobiernos de distintos países, que exhiben el cartel de “democráticos”, se han puesto a redactar leyes que aplaquen los movimientos que exigen mayor información y transparencia. Y es así como en España se publica la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno que ofrece una envoltura ciertamente atractiva (buen gobierno, transparencia…), pero que la realidad del contenido y la ejecución de su mandato  se aleja bastante de las exigencias sociales y del espíritu de la ley. Menos mal que la UNESCO, siempre tan oportuna, se ha apiadado de la Humanidad y ha decidido que todos los 28 de septiembre de todos los años  tengamos un DÍA DE ACCESO UNIVERSAL A LA INFORMACION, como si la información fuese un presente navideño que sólo se podrá abrir cuando Santa Claus descienda por la chimenea.

Todo lo que acabamos de exponer no desmerece las iniciativas y trabajos que organizaciones no gubernamentales están llevando a cabo para hacer más exigible el derecho a la información de los ciudadanos. Y tampoco es desdeñable la labor de determinados medios que, al margen de su función de “transmisores de la información”, obligan con su trabajo editorial y de investigación a que esa transparencia, ese buen gobierno y ese acceso a la información sea más efectivo, respetando siempre aquellos “nichos del conocimiento” que deben estar vedados por motivos de seguridad, defensa, protección de imagen, secreto judicial, etc. Pero la pregunta que nos hacíamos en la cabecera de este artículo se nos antoja ahora dicótoma:

¿Quien tiene la información tiene el poder o más bien quien tiene el poder tiene la información?

Dilema con difícil respuesta. Pero no hay por qué preocuparse. El filósofo seguirá ofreciéndonos frases  dignas que el gobernante escuchará y nosotros seguiremos bebiendo de las enseñanzas budistas que nos recuerdan que si la cosa tiene solución, ¿por qué llorar? Y si no tiene solución, ¿por qué llorar?

Sin embargo los principios que nos ha transmitido el acervo budista chocan con el inconformismo que va impreso en nuestros genes y que se rebela cada vez que ni hay buen gobierno, ni hay transparencia y hay una información que manipula el que está en el poder. La libertad de expresión y la libertad de pensamiento son difíciles de domar. Y esos derechos, por ser fundamentales, son también los derechos que los medios informativos han de preservar y proteger.

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