Con la ley en la mano

85 millonarios para acabar con la pobreza en el mundo

Por Ricardo Martínez Barros

La Organización Oxfam Internacional, dedicada a combatir la pobreza, nos proporciona un dato escalofriante: 85 personas en el mundo acumulan tanta riqueza como 3.500 millones de personas. Seguro que esas 85 personas, si son más inteligentes, ni han trabajado más que el resto de los humanos, sino que, en la mayoría de los casos, es consecuencia de una acumulación y control del poder que les permite seguir creciendo de manera insultante

Tampoco los 86 titulares de las tarjetas opacas de la antigua Caja Madrid (Bankia), ni son los más inteligentes, ni los más productivos, pero seguro que están convencidos de que “son los más legales”. Algún “virus desequilibrante” debe estar infectándonos, porque, que nos preocupe más la muerte de un perro en Francia que la de mil cristianos en Irak o la de doscientos mil tutsis en Africa, es algo que nos invita a meditar. Y estamos tan absortos y preocupados que nuestros ‘smartphones’ y tabletas funcionen, que no nos percatamos del ruido del tic-tac de “las bombas de relojería que anuncian explosiones”.

Nos hablan de “recortes” para la Emigración en el presupuesto del 2015, Pero esto no creo que sea un problema trascendente, más allá de asumir que tiene que ser así. Tampoco parece preocupar a esos 85 hombres más ricos del mundo o a los 86 titulares de tarjetas “negras” el problema de la emigración, porque para ellos no deja de ser un problema “ajeno” y de unos pocos, que apenas inciden en la toma de decisiones globales. Tampoco debe preocuparles que nuestros hijos se dispersen por remotos lugares del planeta, o que continuas oleadas de subsaharianos intenten saltar la valla que les separa de la ilusión y de los lugares en donde esos mismos 85 y 86 practicaban el safari y la extracción de las riquezas de su subsuelo. Es “justo y necesario” que los 86 personajes más ricos del mundo se encarguen de redistribuir la riqueza y crear medidas que frenen esa desigualdad. Pero, desgraciadamente, esa “utopía” sólo alcanza la fase de lo onírico. Y para que los deseos se conviertan en realidad, es necesario que exista voluntad y se pongan en marcha las medidas adecuadas.

Precisamente, las leyes son instrumentos que sirven para corregir desequilibrios y perseguir las injusticias. Pero tiene que haber voluntad de hacerlo. De momento, esa voluntad no existe, y mucho nos tememos que esa voluntad sólo se utilizará cuando se produzca el caos, el desorden y la destrucción, porque, mientras los 85 millonarios y los 86 titulares de tarjetas no sientan el cosquilleo del virus del “miedo”, pensarán que esas son enfermedades de los otros 3.500 millones.

La emigración no es un problema local, ni de partidismos, es un problema universal. Y esos problemas no se pueden solucionar con vallas metálicas, ni con actitudes paternalistas de atención, ni con una “verborrea” de normas que sólo conducen a la confusión

Desde aquí, desde este espacio “con la ley en la mano”, sólo pretendemos mostrar lo que es evidente y se refleja en nuestro entorno. El cerrar los ojos y tapar los oídos, no deja de ser un gesto inconsciente de aquellos a los que les hemos dado la capacidad de obrar y dirigir, entre los que están los 85 hombres más ricos del mundo y los 86 titulares de tarjetas opacas. Pero hay más.