La ceremonia de entrega de las Medallas de Oro de Galicia 2026 dejó uno de los momentos más emotivos de los últimos años al reunir sobre el escenario a cuatro mujeres gallegas o descendientes de gallegos residentes en el extranjero cuyas trayectorias simbolizan la historia de la emigración gallega. Lejos de centrar sus discursos en los logros personales que las hicieron merecedoras de la máxima distinción civil de la comunidad autónoma, Beatriz Gil, Camila Fernández, Carla Angola y Claudia Álvarez Argüelles convirtieron sus intervenciones en un homenaje colectivo a quienes cruzaron el océano o las fronteras europeas buscando un futuro mejor sin renunciar nunca a Galicia.
Las cuatro premiadas compartieron un mismo hilo conductor: la emigración entendida no como una ruptura, sino como una forma de mantener viva la identidad gallega más allá de sus fronteras. Desde Suiza, Brasil, Venezuela y Argentina, las galardonadas evocaron el sacrificio de padres y abuelos, la fuerza de la cultura gallega y la responsabilidad de transmitir ese legado a las nuevas generaciones.

La fiscal de menores del cantón suizo de Argovia, Beatriz Gil, ofreció probablemente el testimonio más íntimo sobre la experiencia migratoria. Recordó su llegada a Suiza en 1981 con apenas cuatro años, procedente de Carzoá (Ourense), y las dificultades de una niña incapaz de comprender el idioma del país que iba a convertirse en su nuevo hogar.
Aquellos primeros meses marcaron, explicó, el inicio de una permanente búsqueda de equilibrio entre la integración y la conservación de la propia identidad. La adaptación al sistema educativo suizo, el aprendizaje del idioma y las oportunidades que encontró en el país le permitieron construir una brillante carrera profesional hasta situarse al frente de la Fiscalía de Menores de Argovia.
“El gallego no emigra. Hace las maletas y lleva a Galicia con él”
Sin embargo, quiso dejar claro que ese éxito nunca supuso abandonar sus raíces. “El gallego no emigra. Hace las maletas y lleva a Galicia con él”, afirmó en una de las frases más aplaudidas de su intervención. También reivindicó el papel desempeñado durante décadas por las asociaciones gallegas en Suiza y por la Secretaría Xeral da Emigración para mantener vivo el vínculo entre la colectividad emigrante y Galicia.
Beatriz Gil concluyó dedicando la distinción a todas las personas emigrantes que, como sus padres y abuelos, afrontaron enormes dificultades para construir una nueva vida sin renunciar a su identidad.
Muy distinta fue la perspectiva ofrecida por Camila Fernández, odontóloga brasileña descendiente de emigrantes ourensanos, quien reconstruyó la historia de una familia marcada por la pobreza y el esfuerzo.
Su relato comenzó con su bisabuela Camila, que emigró a Río de Janeiro en 1922 como empleada doméstica dejando a su única hija al cuidado de religiosas. Años después llegaría también su abuelo Joaquín, que viajó sin documentación desde Ourense y logró salir adelante gracias al trabajo y la perseverancia. Aquella historia de sacrificio, explicó, fue la misma que compartieron miles de emigrantes gallegos que encontraron en Brasil una oportunidad de prosperar.

Fernández destacó que su generación pudo disfrutar de las oportunidades que aquellos pioneros conquistaron con enormes sacrificios. Recordó emocionada que tanto su padre como su hijo conservan los nombres de sus antepasados gallegos, un símbolo de continuidad familiar que también representa el esfuerzo por preservar la memoria.
La galardonada explicó que hoy dirige desde hace más de dos décadas su clínica dental en Copacabana, precisamente en el mismo lugar donde su abuelo había regentado el histórico Bar Iberia, convirtiendo ese espacio en una metáfora de la continuidad entre generaciones.
También subrayó su compromiso con la comunidad gallega y española en Brasil, convencida de que devolver parte de lo recibido constituye la mejor manera de honrar el sacrificio de quienes iniciaron el camino migratorio.
La periodista venezolana Carla Angola convirtió su intervención en una declaración de amor a Galicia y, especialmente, a la memoria de su madre, Isaura, emigrante ourensana fallecida y a quien dedicó la Medalla de Oro.
El destino quiso, recordó emocionada, que la llamada del presidente de la Xunta comunicándole la concesión de la distinción coincidiera con el que habría sido el 80 cumpleaños de su madre. Para Angola, aquella coincidencia confirmó que el homenaje pertenecía también a toda una generación de gallegos que hicieron de Venezuela su segunda patria.
La periodista evocó una infancia marcada por los poemas de Rosalía de Castro y por las lágrimas de su madre cuando recordaba Galicia. “La morriña no se explica, se sobrelleva”, afirmó al describir ese sentimiento compartido por millones de emigrantes.

Su discurso estuvo plagado de imágenes familiares: los veranos en Galicia, los abrazos con primos y tíos, los sabores que identifican la tierra de sus antepasados y la emoción que siempre le provoca regresar. Definió Galicia como “hogar”, incluso para quienes nacieron lejos de ella, y sostuvo que forma parte inseparable de su propia identidad.
Antes de comenzar su intervención quiso mostrar su solidaridad tanto con las personas afectadas por los incendios en España como con las víctimas venezolanas de los recientes terremotos, una referencia que enlazó con su estrecho vínculo con ambos países.
Por su parte, Claudia Álvarez Argüelles, vicecónsul honoraria de España en Mar del Plata (Argentina), puso el acento en la responsabilidad de preservar el legado de la emigración gallega para las nuevas generaciones.
Recibir la Medalla de Oro, afirmó, supone mucho más que un reconocimiento individual. Representa el homenaje a toda una generación de gallegos que transformó la esperanza en futuro gracias al trabajo, el esfuerzo y la dignidad. Recordó especialmente a sus padres, Manuel y María del Carmen, emigrantes en Argentina que nunca dejaron atrás Galicia, sino que la llevaron consigo en valores como el respeto, la solidaridad, la cultura del trabajo y el amor por la familia.
Desde su responsabilidad institucional en Mar del Plata, aseguró que su compromiso consiste en seguir fortaleciendo los lazos entre Galicia y Argentina, pero advirtió de que el gran reto del presente consiste en transmitir esa memoria a los jóvenes.

“Las raíces nunca son una frontera, sino un punto de partida”, afirmó para defender que la historia de la emigración solo seguirá viva si las nuevas generaciones comprenden el valor de ese patrimonio común.
Aunque procedentes de países y realidades muy diferentes, las cuatro intervenciones compartieron un mensaje coincidente. Ninguna presentó la emigración únicamente como una historia de nostalgia. Todas reivindicaron la capacidad de los emigrantes gallegos para integrarse plenamente en las sociedades de acogida sin perder nunca el vínculo con su tierra de origen.
Las referencias constantes a los abuelos, a la lengua gallega, a las asociaciones de emigrantes, a la familia y a la transmisión de la memoria convirtieron la ceremonia en un reconocimiento a toda la diáspora gallega, más allá de las trayectorias individuales de las homenajeadas.
Las Medallas de Oro de Galicia 2026 dejaron así un retrato coral de una emigración que sigue siendo una de las grandes señas de identidad del pueblo gallego. Desde Europa hasta América, las voces de Beatriz Gil, Camila Fernández, Carla Angola y Claudia Álvarez Argüelles recordaron que la Galicia del siglo XXI también se construye fuera de sus fronteras, allí donde miles de emigrantes y sus descendientes continúan manteniendo vivas la lengua, la memoria, la cultura y el sentimiento de pertenencia a una tierra que, como todas ellas defendieron, nunca deja de acompañar a quien un día tuvo que marcharse.





