Una conferencia sobre las obras artísticas guardadas en el orgullo de la colectividad gallega, la sede central patrimonio de la galleguidad e histórico de Uruguay, fue el marco para el inicio de las celebraciones del 144 aniversario del Centro Gallego de Montevideo, que tuvo luego de la misma el color, música y aroma de la lejana tierra con su banda y el grupo Alborada.
Cuando la emigración gallega hacia el Uruguay se acentuaba en el último tercio del siglo XIX, aparecía la necesidad impostergable de los emigrantes de tener contacto entre sí para compartir la ‘morriña’ por la tierra, sus tradiciones, su lengua y también conocer cómo están sus afectos cada vez que alguien venía desde sus comarcas.
Así fue como el 30 de agosto de 1879 se reúnen ante el llamado publicado en los periódicos montevideanos por los hermanos Benigno y Tomás Salgado Vázquez, en la casa de José María Quintana una numerosa cantidad de gallegos, quienes fundaron la sociedad Centro Gallego, cuyos estatutos fueron aprobados días después en una asamblea en los salones de la Asociación Española Primera de Socorros Mutuos, donde se vuelve a ratificar en el cargo de presidente al abogado santiagués Antonio Varela Stolle.
Si bien el funcionamiento de la novel institución es en Montevideo, las autoridades extendieron su actividad fuera de los límites departamentales con delegaciones en las ciudades de Nueva Palmira, Melo y Artigas, por lo que el alcance de los servicios llegaba a todo el territorio nacional con delegados en todos los pueblos de campaña a quienes encargaron “la propaganda activa de los principios que el Centro sustenta”.

El primer Centro Gallego de la diáspora prestó fundamental atención a dos tipos de actividades en sus primeros años: la educacional y la de protección.
Se dictaban en la institución clases dirigidas a alfabetizar en castellano a los emigrantes, a muchos de los que se les enseñó a escribir y leer, así como también se llevaban a cabo veladas literarias y musicales que fueron el antecedente de la afamada trayectoria artística que aún se mantiene en la actualidad.
Para observar la solidaridad de los fundadores del Centro basta solo mostrar los números del año 1881 donde se dictaron clases elementales con 50 alumnos, otras de teneduría de libros con 22 participantes, las de dibujo con otros veinte y las de francés con veinticinco.
Aunque posteriormente también se dictaron otras clases de música y de ciencias naturales, todo dirigido a enriquecer a los emigrantes que se registraban como socios de la institución, donde además se realizaba una ficha aún conservada que permitía recurrir a ellas cada vez que alguien solicitaba trabajadores.
Pero uno de los propósitos más encomiables del Centro Gallego era el de protección donde se recibían las demandas de socorros, auxilios, trabajo y trabajadores, procurando una comisión central de protección de darle soluciones a los compatriotas y sus familias, sin importar en muchos casos si eran socios o no de la institución.
Afirma el historiador Carlos Zubillaga Barrera sobre aquellos años que “el Centro Gallego fue gestando así su grandeza actual”, explicando que “la entidad se transforma en tribuna del pensamiento hispano americano, en cátedra de galleguismo, recibiendo a las más destacadas personalidades de la intelectualidad española y americana”.
Precisando que fue Uruguay la “tierra que acunó al grupo de esforzados idealistas, creadores de una institución que fuera receptáculo de sus sentimientos patrióticos y exponente de la cultura imperecedera de su raza”.
La sede con el dinero de cada socio
Ya en 1921, el arquitecto hijo de coruñeses, Alfredo Campos, presentó los planos para la sede que se construiría en los solares adquiridos en la calle San José esquina Andes.
Una colecta donde los socios aportaban el monto que podían, completó los 50.000 pesos uruguayos que posibilitó que en 1923 se comenzara la construcción de la sede que sería inaugurada el 25 de julio de 1925, año en que fue premiada en la exposición de Arquitectura del III Congreso Panamericano de arquitectos realizado en Buenos Aires.
Se trata de un edificio palaciego diseñado como “un espacio para recordar, practicar, compartir y difundir las costumbres y tradiciones gallegas”. La obra de Campos constituye una verdadera reliquia arquitectónica y uno de los palacios más hermosos de Montevideo en el que se encuentran el teatro Valle Inclán, la sala de honor Rosalía de Castro, la Biblioteca Concepción Arenal, su sala de lectura Castelao, el parrillero El Viejo Pancho, su magnífico restaurante, varias salas de reuniones, sala de juegos y sala de ensayos, las cuales brindan en su conjunto un amplio servicio y comodidades para sus asociados.

El profesor Marcel Suárez, especialista en Historia del Arte y asesor de la Comisión del Patrimonio, en una conferencia este miércoles 30 de agosto, analizó la obra de arte que constituye esta sede centenaria con líneas arquitectónicas y elementos expresivos de su decoración, que han surgido inspirados en las obras maestras de ese período del renacimiento español que se conoce con el nombre del barroco.
La fachada, su escultura y herrería, la carpintería, vitrales, cerrajería, artefactos de luz, empapelados, mobiliarios, tapicerías, baldosas, etc… todo se trató de armonizar y con firmeza se cumplieron cada uno de los trazos del dibujo del arquitecto Campos, que luego artesanos de excepcional capacidad manual y artística, lo harían realidad.
La charla del profesor Suárez permitió enriquecer con sus conocimientos al numeroso público, entre los que se encontraban acompañando al vicepresidente Julio Ríos y demás directivos, la delegada de la Xunta de Galicia en Montevideo, Elvira Domínguez; el presidente del Club Español, Antonio Araújo; y el presidente de la Federación de Instituciones Españolas, Jorge Torres.
Allí Suárez pidió a la colectividad gallega “explorar” el local del Centro Gallego y todos los edificios que levantó la colectividad, “tanto en lo material como en lo inmaterial”, para rescatar esos “testimonios de los abuelos y tías viejas” que posibilitan hacer un “inventario del patrimonio, que no solo son de ladrillos, sino las leyendas, las recetas, todo lo que es nuestro patrimonio inmaterial”.
Luego sería la banda y el grupo de danzas gallegas Alborada los que le pusieron sonido y color gallego al escenario Pepe Fernández del teatro Valle Inclán, adonde se robó el espectáculo el pequeño Lucas con sus ‘cunchas’ tocando junto a sus padres.
El Centro Gallego de hoy
En la actualidad, la sede del Centro Gallego también es utilizada para su escuela de danza gallega que dirige la profesora Patricia Vieito con unas quince integrantes que van desde los 3 a los 13 años.
Asimismo, nacido entre los padres y abuelos que esperaban a sus pequeños mientras ensayaban, se pusieron también a disfrutar de la música y baile gallego formándose el grupo Raigames y Enxebre, que dirige Beatriz Pérez Montero, en los que participan casi cuarenta emigrantes y descendientes que con su vestuario les dan a sus actuaciones un sentimiento particular que lo contagian a todo el público.

Mientras tanto, el grupo folklórico Alborada y la banda del Centro Gallego, con casi quince integrantes, continúan desarrollando esas músicas y bailes que desde hace tres siglos vienen llenando las reuniones de la institución con mayor patrimonio de la colectividad gallega del Uruguay.
Hablando justamente de patrimonio, además de la sede social y todo su contenido, el Centro Gallego de Montevideo también cuenta con un hermoso predio de 28.000 metros cuadrados en una privilegiada ubicación en el coqueto barrio residencial de Carrasco.
Esta inversión, producto de visionarios dirigentes de mitad del siglo pasado, donde se ha edificado con la ayuda de la Xunta de Galicia, un Parque Social y Complejo Polideportivo, cuyo afán y declarado propósito del presidente de la institución, Ramón Lorenzo, es de unificar a toda la colectividad gallega residente en el Uruguay, pero especialmente a los jóvenes descendientes de gallegos a través de distintas actividades deportivas, sociales y culturales.












