Daniel Boo: “Bailar tango es como hacer ‘mindfulness’ porque te exige una concentración plena”

El bailarín argentino recuerda cómo su abuelo gallego, que había emigrado a Argentina con un año, le contaba historias de las milongas de su juventud

Daniel Boo con su compañera de baile en el show de "Señor Tango".
En "Señor Tango", Boo y su compañera intentan hacer un baile más íntimo y no tan exhibicionista, a pesar de que el público sea mayoritariamente turista.

Daniel Boo es uno de los bailarines de tango más destacados del panorama actual de Buenos Aires. Descendiente de gallegos, lleva 22 años actuando en la prestigiosa sala ‘Señor Tango’, con la particularidad de que no ha renunciado por eso a su profesión de psicólogo. Por el día trabaja en su consultorio privado, además de formar parte del equipo de salud mental infantil de la fundación Aiglé. Su padre es de la provincia de Ourense y emigró a Argentina en la década de 1950, con ocho años de edad, llevado por sus progenitores. Su madre, nacida ya en el país austral, es hija de un gallego de Lugo emigrado a Argentina en 1911, con solo un año. Encontramos a Daniel estos días por España, en su segunda visita al país. Ha venido con la familia para viajar y reencontrarse con sus raíces familiares, lo que no le impide participar en algunas milongas, como hace unos días en Vigo.

Hábleme de los orígenes gallegos de su padre.

Nació en As Lamas (Barbadás), pero se crió en San Cibrao das Viñas. Su padre –mi abuelo- era de San Cibrao y su madre -mi abuela- de As Lamas. Vino a la Argentina con ocho años, traído por mis abuelos. El primero en viajar a Argentina fue el hermano de mi abuelo, hacia 1948. Vio que estaba bien y mandó a buscar a mi abuelo, que ya estaba casado con mi abuela y tenía dos hijos, y toda la familia viajó para Argentina. Mi abuelo trabajaba de carpintero y en Argentina llegó a tener una fábrica de muebles con su hermano y a hacer dinero, aunque luego hubo una devaluación de golpe en Argentina y pasaron a clase media-baja. Mi padre fue carnicero. Aprendió el oficio de los tíos de mi madre, que eran italianos.

Pero su abuelo materno era de Lugo.

De Castro de Rei. Vino de muy chico –tendría un año-, en 1911. Lo trajeron en un carguero. Según cuenta la historia familiar, era como medio polizón y en el barco se había desatado una epidemia. Muchos viajeros eran evacuados e incluso tirados al mar. Él se salvó porque su madre –mi bisabuela- lo ocultaba cada vez que había una requisa. Fue obrero metalúrgico y también carpintero, pero no profesionalmente.

Y bailarín de tango.

De chico, cuando tenía ocho o nueve años, me juntaba con él en las tardecitas y tomábamos mate. Yo le preguntaba cómo eran las cosas cuando él era joven, y me contaba que tenía un solo traje que se había mandado hacer después de juntar plata durante mucho tiempo y con ese traje iba a las milongas los fines de semana. Bailaba tan bien que empezó a dar clases en una academia. Bailaba el tango orillero, lo que hoy sería un tango canyengue, que medio desapareció. Me contaba cómo se sacaba a bailar, que se cabeceaba a las chicas, cosas que hoy se siguen usando en la milonga

¿Es la primera vez que está en España?

Es la segunda; vine el año pasado.

¿Ha conocido los pueblos donde nacieron su padre y su abuelo materno?

Sí, fue lo primero que hice. Y visitar a los familiares que quedaron acá: tías primas mías y la hermana de mi abuelo paterno, que aún vive.

¿Ha tenido contacto con la comunidad gallega en Buenos Aires?

No, pero mis abuelos paternos vivían en Pompeya y a la vuelta de su casa hay un club que se llama “Riachuelo” donde se juntaban todos los gallegos, porque en Pompeya se radicaron muchos. Cuando iba de chico a visitarlos los fines de semana, solía encontrarme con las reuniones de gallegos en la casa, y jugaban al dominó en el patio. Me llamaba la atención ver bacalao colgado y comía pulpo, que en mi casa no se comía.

¿Qué le atrapó del tango cuando empezó a bailarlo?

Sentía que hacía algo que me estaba completando, llenando algunos aspectos míos que hasta entonces no sabía que formaban parte de mí. Era placer, disfrutar. Bailar tango es casi como hacer mindfulness o meditación, es estar plenamente en eso, tu cabeza no piensa en otra cosa.

¿Cómo se baila un pensamiento triste? Porque Discépolo decía que el tango es un pensamiento triste que se baila.

Eso es casi un cliché. Basta ir a las milongas de Buenos Aires para darte cuenta de que el tango no tiene nada que ver con la tristeza. Quizás las letras sí tengan un tinte triste, pero el baile no acompaña esa tristeza. Muchas letras de tango están empapadas de melancolía, pero otras no tanto, y otras son pura filosofía, pequeñas obras literarias. Las letras del tango son muy ricas, porque concentran en dos minutos toda una historia; tienen una capacidad de síntesis que muy pocas músicas alcanzan. Es como un cuento hecho poesía.

¿Es posible todavía acudir en Buenos Aires a milongas auténticas?

Todas las noches tienes una o dos. Hay muchas donde aún se sigue usando el cabeceo, sacar a bailar a una chica cabeceando. Y pasa algo sensacional que no se da tanto en otros ámbitos: puedes ver a un señor de 50 o 60 años bailar con una chica de 17, o a una mujer de 80 bailar con un pibe de veintipico. Y ver a una persona delgadita bailando con otra muy obesa. No hay discriminación en ese sentido. No se saca a bailar la belleza, como uno haría en algún boliche tradicional. El intercambio generacional que se da en la milonga no se da en otros ámbitos. Un joven de 20 años se puede sentar en la misma mesa con un hombre de 80 y que este le dé un consejo mientras escuchan o ven bailar un tango.

Usted mismo dice que su estilo como bailarín es bastante ecléctico.

En Argentina, algunos grandes maestros -Mingo Pugliese, Pepito Avellaneda, Cacho Dinzel, Gloria Eduardo…- lograron mantener el tango después de la década de los 50, en que hubo un gran bajón ocupado por el rock, que copó a toda la juventud, y transmitir los viejos pasos recibidos a su vez de otros maestros. Cuando era joven, pude tomar clases con esos maestros, y cada uno tenía su librito, su idea de cómo se bailaba el tango. Yo tomaba de cada maestro lo que me gustaba más, lo que se acomodaba más a mi estilo. Con esa mezcla fui creando mi propia impronta, me fui haciendo un baile más ecléctico, distinto al de otros alumnos que tomaban un determinado maestro y seguían toda su línea de trabajo.

Usted ha bailado en lugares tan distintos como Brasil, Alemania, Japón o Sudáfrica. ¿Es diferente la respuesta del público?

En todos la acogida fue sensacional. Sí cambia la forma de manifestarla, porque va muy de la mano con la idiosincrasia de cada pueblo. Por ejemplo, el japonés es más respetuoso en el aplauso, mientras que en Brasil la efusión era terrible. Hoy el tango está muy en auge, sobre todo de la mano del tango danza, y hay mucha gente que lo baila en Alemania, Italia, Rusia, Turquía… Es asombroso cómo prendió, sobre todo en gente muy joven. Curiosamente, en España eso no lo veo. De hecho, en Buenos Aires se ve en las milongas a mucha gente venida de otros países y muy pocos españoles.

¿Han notado mayor atención de las autoridades, mayores facilidades, desde que el Tango fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2009?

No. Las autoridades no le dan mucha prioridad al tango -y sin embargo, es una fuente de turismo muy importante-, salvo esa cuestión que se está haciendo de los campeonatos mundiales.

Usted es psicólogo profesional. ¿Qué aporta la psicología al tango? ¿Y el tango a la psicología?

Depende de para qué se use el tango. Está comprobado que es muy bueno para retrasar el Alzheimer, porque hay que coordinar pasos, escuchar la música, recordar figuras. Para el corazón también. De hecho, la fundación Favarolo trabaja con el tango en un espacio de ejercicio lúdico que brinda lo que no brindan otros ejercicios específicos para trabajar el corazón: la posibilidad de hacer ejercicios, coordinar la mente, tener un vínculo social, gestar y trabajar sobre las emociones. Esto hace que la autoestima de las personas aumente. Por otro lado, haciendo tango concentradamente y poniendo toda la atención en lo que se está haciendo se logran estados casi de ‘mindfulness’, de estar plenamente en ese momento, aislándose de otros problemas, con lo que es terapéutico para bajar los niveles de ansiedad o incluso regular el estrés y el colesterol. Uno empieza a vibrar en otra frecuencia, la del dos por cuatro que le marca el tango.

¿Qué aportó la emigración gallega al tango?

Mi abuelo es como un referente de eso también. Los gallegos que emigraron a Argentina en las décadas de 1910 o 1920 no se dedicaron al tango, pero sus descendientes, nacidos ya en Argentina, sí. La mayoría de mis compañeros de tango son descendientes de sangre española.

¿Cómo es el show que hacen en ‘Señor Tango’?

Es un lugar para mil o mil quinientas personas donde se puede cenar y ver un show de tango que dura dos horas. Un show muy grande, con dos orquestas, dos cantantes y ocho parejas de baile. Vienen turistas de todas partes del mundo. Es un show pensado para ellos, no es lo auténtico de la milonga, pero los bailarines tratamos de hacer un tango sacado de la milonga y llevado al escenario para que un turista pueda ver más o menos cómo se baila el tango en una milonga, un baile más hacia adentro, más íntimo, no un tango que trata de demostrar un montón de pasos, figuras y acrobacias.

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