NUEVA EMIGRACIÓN

Constancia, trabajo duro y honestidad, consejos de la vieja a la nueva emigración

Tres españoles que triunfaron en Argentina cuentan su experiencia

Benito Blanco.
Pedro Bello.
José María Monteserín junto a su mujer y su hija.

Cuando en España el proceso de emigración de sus ciudadanos parecía sólo una página a quedar por siempre impresa en los libros de historia, la crisis económica que se inició en 2008 abrió una vez más esa dolorosa herida que ya parecía haber cicatrizado, aunque nunca se curase del todo.

Una vez más, miles de españoles se plantean dejar su país para buscar en otros horizontes un futuro más digno. Si bien las causas de los procesos migratorios siempre tienen muchos puntos en común más allá del período histórico en el que se producen, la nueva emigración española se diferencia en varios aspectos respecto a la del siglo XX.

En primer lugar, el destino elegido, en su gran mayoría, apunta a los países del entorno de la Unión Europea, a los que un emigrante puede llegar en pocas horas de viaje en avión o tren, cuando los españoles que se fueron de sus aldeas a hacerse la América en el siglo pasado pasaban un promedio de quince días en altamar. En otro orden, la nueva emigración está formada, en su mayor parte, por jóvenes con estudios completos y en muchos casos universitarios, en tanto que los paisanos que lo hacían hace más de 50 años provenían mayoritariamente de un entorno rural y con suerte habían cursado algunos grados de enseñanza primaria.

Otra de las diferencias fundamentales es que el grueso de los emigrantes del siglo XX partían con la certidumbre de que el país al que llegaban sería su hogar definitivo y, además, era muy difícil comunicarse con los familiares y amigos que habían quedado en España. La respuesta de una carta enviada desde Argentina a una aldea al otro lado del Océano Atlántico podía tardar más de dos meses. Hoy, para muchos jóvenes que dejan España la salida es transitoria y temporal, a la espera de que la situación económica mejore y haya una mayor oportunidad de acceder a empleos de calidad, y las nuevas tecnologías hacen que la comunicación con sus familiares que quedaron en casa sea prácticamente instantánea y muy económica.

Sin embargo, y a pesar del cambio de condiciones que hacen que el proceso migratorio hoy sea más simple, no por eso es menos doloroso. Hasta hace pocas décadas atrás, en casi todas las familias españolas se contaba con algún familiar directo o algún amigo que tuvo que emigrar y que nunca retornó a España. Hoy, cuando las generaciones más jóvenes se plantean tomar ese camino pero no tienen referencias directas de lo difícil que es encarar ese trayecto, escuchar las historias de quienes se enfrentaron a una nueva vida a miles de kilómetros del lugar en el que habían nacido puede ser el mejor consejo que pueden recibir quienes estén por dar o hayan dado recientemente ese gigantesco paso.

Nueva Emigración charló con tres emigrantes, un gallego, un leonés y un asturiano que llegaron a Argentina a mediados del siglo pasado y lograron triunfar a pesar de todas las adversidades. Cuando se les pide un consejo para aquellos jóvenes que están a punto de emigrar o lo hayan hecho en años recientes, coinciden en tres palabras que para ellos fueron el motor de su éxito: trabajo, esfuerzo y honestidad. Tal vez, leyendo sus historias, muchos jóvenes encuentren en estos ejemplos un impulso, un aliciente, para encarar el arduo proceso que significa iniciar una nueva vida en otro país.

De los tres relatos, el más particular es el de Benito Blanco, un gallego de Lalín que en Argentina comenzó como lavacopas y llegó a ser un importantísimo empresario de la industria minera y petrolera. Lo que hace aún más inusual su historia es que Benito, a diferencia de prácticamente todos los españoles que emigraron en el siglo pasado, no lo hizo por una necesidad económica, sino para vivir una aventura.

“Yo comencé trabajando desde muy joven en las ferias regionales de Galicia, compraba huevos, manteca, jamones, castañas, nueces, trigo, y luego revendía la mercadería por todo Lalín. A los 19 años ya tenía una bicicleta a dínamo y una moto, que era como tener un Mercedes Benz en esa época, un lujo. A pesar de ser el chaval más rico de la comarca, y de que tenía un futuro muy promisorio en Galicia, también tenía una ilusión muy grande de conocer Argentina, porque en esa época se hablaban maravillas del país. Había juntado 52.000 pesetas, que era una pequeña fortuna en esos años, y con ese dinero en mi bolsillo ganado con mucho trabajo me fui para Buenos Aires, ciudad a la que llegué el 27 de enero de 1952”, cuenta Benito.

A continuación, aclara algo que no es tan sabido: para poder ingresar a Argentina, el emigrante debía hacerlo con una carta de reclamación de un familiar o amigo que ya estuviera residiendo en el país. A Benito lo esperaba una tía hermana de su padre, junto a otros tíos, primos y primas: “Ya tenía aquí tanta o más familia que en España, y todos me estaban esperando en el puerto de Buenos Aires”.

A pesar de llegar con una buena cantidad de dinero ahorrado, comenzó a trabajar en uno de los puestos más humildes, el de lavacopas, en la Confitería Ideal. “Como era un atropellado y rompía muchas copas, a los quince días me echaron. Pero como la mayoría de los mozos eran gallegos y ya tenía una buena relación con ellos, me consiguieron un trabajo similar en un copetín al paso en la calle Corrientes, en donde estuve hasta enero del 53”, recuerda. Esa es otra clave de aquella época: cómo los emigrantes se ayudaban unos a otros, en especial para conseguirle trabajo a un paisano.

Así fue que ese mismo año le ofrecieron comprar una sexta parte de otro copetín al paso ubicado en la Avenida de Mayo, al lado del Bar Iberia, en el que era el socio más joven y donde trabajó de mozo hasta 1957, cuando unos gallegos y un asturiano le ofrecieron comprar una cuarta parte de la pizzería El Triunfo. “Me faltaban 200.000 pesos para poder entrar, que me los prestó otro paisano, Ramón Mourente, a quien por suerte se los pude devolver a los tres meses cuando vendí mi parte del copetín al paso”, rememora.

Por esa época, Benito pudo retornar por primera vez a Galicia para visitar a su familia. Fue a la histórica agencia de viajes Longueira & Longueira, propiedad de tres hermanos, Genaro, Emilio y Pedro, a quienes les compró el primer pasaje de avión que vendieron, puesto que hasta aquel entonces los boletos que vendían para viajar a España sólo eran para hacer el viaje en barco. Benito hizo rápidamente amistad con Genaro, con quien puso en sociedad la Agencia España, dedicada a tramitaciones, herencias, cambio de moneda, partidas legalizadas….esa amistad con Genaro sería fundamental para el futuro de Benito en algunos años.

La diversificación empresarial, ya abriéndose del rubro gastronómico, que era el más habitual al que se dedicaba la colectividad española, tomaría un rumbo impensado cuando en 1969 le ofrecieron comprar una parte de una empresa minera en la provincia de Río Negro dedicada a la sustracción de bentonita, un mineral que se utiliza para los moldes de las fundiciones de hierro y acero y también para la preparación de los lodos de perforación de los pozos petroleros.

A pesar de prácticamente no tener experiencia en ese ámbito, con tesón y esfuerzo Benito comenzó a trazarse un nombre propio en la industria minera, hasta que al año un socio lo estafó y perdió todo el dinero que había ahorrado en los 18 años que llevaba viviendo en Argentina.

Lo primero que se le ocurrió fue retornar a Buenos Aires y pedirle trabajo a su amigo Genaro Longueira. “Él me dijo: ‘Yo no te doy trabajo, tú tienes alma de comerciante y empresario más que de empleado’, y me preguntó cuánto dinero necesitaba para iniciarme de nuevo. Yo le pedí un millón de pesos y me los prestó en ese mismo momento y sin firmarle ni un solo papel más que un apretón de manos”, afirma con emoción. A los ocho meses, luego de volver a incursionar en la industria minera, Benito le pudo devolver a Genaro todo el dinero y para 1972 era el productor de bentonita más importante del país, facturando más de tres mil toneladas para proveer a las fundiciones más grandes e importantes de Argentina.

Benito no se recostó en los laureles del éxito y siguió diversificándose con la explotación de su primer pozo de petróleo en Plaza Huincul, provincia de Neuquén. A los pocos meses, ya tenía a su cargo ocho equipos de perforación, cuatro laboratorios móviles y a los pocos años un equipo de 53 ingenieros fijos. Todo ello sin nunca haber estudiado ingeniería.

Durante todo este tiempo, Benito también comenzó a participar de las instituciones de la colectividad española, desde un primer cargo como responsable de la comisión de fiestas de la Falla Valenciana El Turia en 1964, luego diversos cargos en el Centro Lalín de Buenos Aires, el Club Español de Buenos Aires, el Club Europeo y la Federación de Sociedades Españolas de la República Argentina, de la que actualmente es el presidente.

También desarrolló varias actividades culturales y filantrópicas, siendo uno de los máximos responsables de la restauración del Teatro Avenida y del Plus Ultra, el hidroavión de la Aeronáutica Militar española que realizó por primera vez un vuelo entre España y América. Además, financió la construcción de 120 viviendas en Lalín, algo de lo que está muy orgulloso por haber tenido la oportunidad de crear fuentes de trabajo en su comarca natal.

Cuando se le pregunta qué consejo le daría a un joven español que tiene pensado emigrar o que lo ha hecho en los últimos tiempos, Benito no duda: “Yo desde que llegué a Argentina me dediqué a trabajar y trabajar y trabajar, y así pasé de ser lavacopas a formar parte del club de los petroleros con mucho reconocimiento por parte de todos los ingenieros del gremio, que se preguntaban cómo había hecho un gallego para tener tanto éxito sin haber estudiado ingeniería. Así se consigue todo, con fe, honestidad y, sobre todo, trabajo”.

Desde Grandas de Salime

José María Monteserín nació en el concejo asturiano de Grandas de Salime, en la frontera con Lugo. Formó parte de una de las últimas camadas masivas de emigrantes hacía América, llegando a Buenos Aires en 1965, cuando tenía 22 años. En la capital argentina lo esperaban tres hermanos de su padre; vivió con uno de ellos hasta que se casó y pudo comprarse un departamento.

Al recordar sus primeros días en Argentina, José María destaca que no tuvo muchos problemas en adaptarse: “Yo era joven, muy optimista y tenía mis habilidades para trabajar. Comencé trabajando de camarero, pero como no quería ser empleado, cuando pude ahorrar algo de dinero me puse un humilde puesto de venta de choripán junto a un socio. Se llamaba La Tranquera, y tenía techo de paja. De a poco fui progresando hasta poder comprar un restaurante, que se llamaba De José y estaba en las calles Almirante Brown y Provincias Unidas, en Lomas del Mirador”.

Allí desarrolló casi toda su vida como comerciante y pequeño emprendedor. “Era un lugar muy sencillo pero tenía la mejor comida de la zona: venían a comer el intendente del municipio, el obispo, los curas, los jefes de policía, los empresarios. Lo tuve por más de 30 años, hasta que me jubilé”, cuenta.

José María logró el objetivo máximo que se trazaban muchos emigrantes al llegar a Argentina: poder formar una familia y darle la posibilidad de estudiar a sus hijos para tener una vida mejor que la que él mismo había tenido en su juventud. “A mí no me avergüenza decir que no completé la primaria. Fui a la escuela desde los ocho años hasta los catorce, pero solo iba en los meses de invierno crudo, porque cuando mejoraba el clima me mandaban a pastorear ovejas y cabras”, explica.

José María tiene una hija que es licenciada en Relaciones Públicas y Humanas y profesora de inglés, y un hijo que es doctor en Bioquímica y Biología y que actualmente vive en la ciudad alemana de Munich. Para alguien que, como él mismo dice, llegó a Argentina “sin estudios y sin oficio” y que siempre tuvo que “rebuscársela” como pudo, ese es su mayor orgullo.

Como buen emigrante, también dedicó su vida al trabajo solidario, colaborando en cuanto podía en el Club Tinetense-Residencia Asturiana, un hogar que acoge a ancianos españoles, al que califica como “una obra de bien”. Su histórico presidente, Venancio Blanco, lo animó a participar como vocal titular en la junta directiva de su institución y allí estuvo durante muchos años, hasta que, luego del fallecimiento de Blanco, sus compañeros lo eligieron presidente en abril de este año.

“Yo la verdad es que prefería ser vocal suplente porque es mucha responsabilidad, y además vivo lejos, tengo tres horas de viaje en auto y ya estoy grande para manejar tanto. Es muy difícil, pero la verdad es que también es muy gratificante”, reconoce.

José María admite que la emigración es una herida que tal vez nunca sane. “Es muy difícil tener que dejar a tu familia. Cuando vine a Argentina quedaron en España mis padres y cinco hermanos y sufrí horrores por ello. Hoy es diferente, gracias a las comunicaciones todo es más fácil, pero mi consejo a quien piense emigrar es que primero conozca bien el lugar al que tienen pensado radicarse, que se informen, que no se queden arrinconados en una sola opción, y por sobre todo que trabajen con honestidad, porque así van a salir adelante y van a progresar en sus vidas”, resume.

No tener miedo

Pedro Bello es una de las personalidades más queridas de la colectividad española en Argentina. Nacido en el pueblo de Trabadelo, en la provincia de León, salió del puerto de Vigo el 1 de julio de 1957 con destino a Buenos Aires, ciudad a la que llegó quince días más tarde y donde lo esperaban una hermana, un hermano y un tío. “Uno llegaba con mucha emoción pero también con mucha humildad, porque veníamos de un país en crisis y en el que había mucha miseria”, afirma.

Su primer trabajo fue de lavacopas en el Bar Suárez, en las calles Corrientes y Maipú, en pleno centro porteño, una zona que en esa época “era un mundo de gente”. Luego de un tiempo en ese bar, en el que había pasado a despachar vermut, otro emigrante español le ofreció un trabajo con mejor paga en el Café Maracaná, en el que se despachaban seis mil cafés por día. De allí pasó al bar Fénix, frente al cine del mismo nombre en el barrio de Flores y, como era habitual en esa época y en el rubro gastronómico por aquel entonces, unos paisanos le ofrecieron formar parte de una sociedad en la pizzería La Redoblona, en la zona de Pacífico.

Allí comenzó a hacer sus primeras armas como empresario, llegando con los años a ocupar la presidencia de la Asociación de Hoteles y Restaurantes, Confiterías y Cafés y la presidencia honoraria de la Cámara de Restaurantes, así como la vicepresidencia primera de la Federación Empresaria Hotelera y Gastronómica de la República Argentina y la presidencia del sector gastronómico, en el área de Turismo y Gastronomía, de la Cámara Española de Comercio de la República Argentina.

Sin lugar a dudas, su mayor éxito como empresario lo tuvo al formar parte de la sociedad titular de El Palacio de la Papa Frita, un reconocido restaurante cuya fama traspasó no sólo las fronteras de Argentina, sino que llegó hasta Estados Unidos, España, otros países de Europa y Japón.

Como muchos emigrantes, la vida de Pedro también estuvo vinculada a las instituciones de la colectividad. A la primera que se acercó fue al Centro Región Leonesa: “Las casas regionales nos ayudaban mucho, porque nos traían noticias de nuestros pueblos. Hay que tener en cuenta que por esas épocas la respuesta a una carta que enviabas a España podía demorar entre 60 y 80 días”, explica.

Pedro ocupó cargos directivos y fue socio en numerosas instituciones, entre ellas la Federación de Sociedades Castellanas y Leonesas de Argentina (que actualmente preside), el Club Deportivo Español de Buenos Aires, el Hogar Gallego para Ancianos de Domselaar, la Cámara Española de Comercio y el Hospital Español de Buenos Aires. “He dedicado muchas horas de trabajo a la colectividad, y es algo que lo he hecho siempre con mucho cariño para tratar de mejorar la calidad de vida de nuestros paisanos y de nuestras instituciones, y también para que España estuviera muy bien representada en Argentina”, sostiene con firmeza.

Esa labor fue ampliamente reconocida con la Medalla de la Hispanidad de la Federación de Sociedades Españolas (2006); el Premio Cátedra de España de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (2009) y el Premio al Mérito en la relación hispano-argentina de la Asociación de Prensa Española en la Argentina (2009), además de la más alta distinción que otorga el Ministerio de Trabajo de España, la Medalla de Honor de la Emigración, que recibió en 2009.

Pedro reconoce que todo lo que logró en Argentina, país al que le está eternamente agradecido, era algo impensado para el joven que un día decidió dejar su pueblo para encarar el arduo trayecto de la emigración, por eso no duda en aconsejar a quienes estén pensando en seguir ese camino “a no tener miedo de dar ese paso. Es difícil y cuesta mucho, pero con trabajo, constancia, sacrificio y esa vocación de emprendedores que tenemos los españoles, se sale adelante”.

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